Nuevas semillas

En los últimos meses conseguí algo por lo que llevaba tiempo luchando: tener unas semillas. Estaba tan feliz que las empecé a cuidar con mucho mimo, haciéndolo lo mejor que pude. Con los sencillos materiales que tenía, pero partiendo de mi gran imaginación, las planté con cariño, y las regaba cada día, según sus necesidades. Claro, eso era difícil de descubrir, por lo que tuve que dedicarles tiempo y observar lo que les venía bien: luz, temperatura, agua, tierra,… Veía que cada día crecían un poco más, y soñaba con que llegarían alto, muy alto. A veces, surgían adversidades, que intentaba minimizar: las protegía de fuertes trombas de agua, o de vientos huracanados; en épocas de sequía y calor, las hidrataba más a menudo,… Nunca dejé de hablarlas, de animarlas, de decirles lo grandes que iban a llegar a ser, y todo lo que verían desde allí arriba.

¿Quién no haría este trabajo lo mejor posible?

Pues tengo que decirte que las semillas son tus hijos, tus sobrinos o vecinos. En ellas están todo aquello que necesitan para crecer como personas íntegras y completas, para ser los mejores adultos que podamos soñar en ellos. Que los pocos y sencillos materiales son los recursos con los que contamos los maestros en la realidad. Que la observación, la protección, la ilusión, los consejos y nuestro trabajo, es lo más sincero que nace de nuestro interior, lleno de cariño y amor por ellos. Que las adversidades son diarias (y prefiero no enumerarlas) pero que ahí estamos, sonriendo, y susurrándoles que llegarán lejos. Y sí, esas manos de jardinera son las manos de todos los maestros y maestras que, día a día, intentamos crear un mundo mejor, por ellos y para ellos, nuestros alumnos.

Verónica Quesada